The Earth Remembers
THE EARTH REMEMBERS · LA TIERRA RECUERDA
M E M O R I A S · T H E E A R T H R E M E M B E R S
THE EARTH REMEMBERS
La tierra recuerda
PEREIRA · LA VIRGINIA · COLOMBIA
Ensayo-poema de amor, duelo, despecho y memoria
Los padres de María Adiela, Plaza Bolívar, Pereira, ca. 1980. Una tarde común que el tiempo convirtió en reliquia.
Marcel P. T. Chin-A-Lien
Drs. M.P.T. Chin-A-Lien, MBA, M.Sc., Ing. Geologist
Certified Professional Geologist Nr. 5201-1996 (AAPG) · Chartered European Geologist Nr. 92-1996 (EFG) · Energy Negotiator June 2021 (AIEN)
GLIAG-MEM-2026-TER-001 · Memorias, Parte: Colombia · 15 de agosto de 2026
«Hay tierras que se reciben al nacer y otras que se heredan por amar a quienes nacieron en ellas.»
Marcel y María Adiela se casaron el 20 de diciembre de 1980 en Caracas, Venezuela, en el Hotel Anauco Hilton. Aquel día también se unieron Curaçao, Pereira y Venezuela en una sola historia familiar.
A la memoria de Mamá y de Guillermo, cuyas cenizas descansan en La Virginia.
Para María Adiela y para Ronald, que me dieron una tierra que yo no había pedido.
I
El primer temblor no fue el del suelo
Hay días en que la tierra tiembla debajo de las casas.
Y hay otros en que tiembla adentro de uno.
Aquel día, cuando supimos que Pereira y La Virginia habían vuelto a sacudirse, no fue el suelo lo que primero sentimos moverse.
Fue la memoria.
Tembló la infancia de María Adiela. Tembló el lugar donde nació Ronald. Tembló la carretera entre La Virginia y Pereira, tantas veces recorrida desde aquellos años en que todavía éramos jóvenes y creíamos, como creen todos los jóvenes, que la gente que amábamos iba a durar para siempre.
Temblaron los domingos.
Tembló la plaza de mercado.
Tembló Plaza Bolívar.
Tembló la música vieja.
Tembló una fotografía guardada durante cuarenta años.
Tembló la iglesia.
Y cuando cayó la torre de aquella iglesia de La Virginia, cayó también, por unos segundos, una parte del cielo donde nosotros habíamos aprendido a guardar a nuestros muertos.
II
La pregunta que se le hace a los muertos
Allí están las cenizas de Mamá. Allí están las de Guillermo.
La razón dice que los muertos ya no sienten miedo. El corazón no entiende de razones.
La primera pregunta que nació fue absurda, y por eso mismo fue verdadera:
¿Están bien?
Mamá… Guillermo… ¿sintieron temblar la iglesia?
Qué pregunta tan inútil. Y sin embargo, qué pregunta tan humana. Porque uno puede aceptar la muerte con la cabeza; el corazón tarda mucho más. A veces tarda toda la vida.
La torre había caído. Pero ellos no.
Mucho antes de que aquella piedra se viniera abajo, Mamá y Guillermo ya se habían mudado a un lugar donde no llegan los terremotos: a la memoria de María, a la sangre de Ronald, a nuestras conversaciones, a las fotografías, a los libros, a nosotros.
Porque los muertos verdaderamente amados terminan viviendo en sitios que la piedra no puede tocar.
Y sin embargo, dolió. Dolió como duele una canción vieja cuando uno escucha la primera nota y ya sabe a quién va a recordar. Como duele una silla vacía. Como duele una voz que ya no contesta. Como duele entrar en una casa y saber exactamente dónde se sentaba alguien que ya no está.
III
Sutura
María nació allí. Yo nací en Curaçao. Dos geografías que nunca imaginaron que terminarían unidas.
Nos casamos el 20 de diciembre de 1980, en Caracas, en el Hotel Anauco Hilton. Aquel día, sin saberlo, también se casaron nuestros mapas.
En geología existe un nombre para el lugar donde dos fragmentos de corteza que nacieron separados, a miles de kilómetros el uno del otro, quedan cosidos para siempre. Se llama sutura. No es una costura delicada: es la cicatriz que deja una colisión. Y sin embargo, después de ella ya no hay manera de decir dónde termina un continente y dónde empieza el otro.
Nuestra sutura tiene fecha.
Curaçao entró en Pereira.
Pereira entró en mí.
Venezuela fue testigo.
Yo no nací en Pereira. Pero allí nació la mujer que amo. Allí nació nuestro hijo. Y con los años aprendí que una tierra también se puede heredar por amor.
Uno recibe un país en la mirada de la persona que ama. En sus recuerdos. En su manera de pronunciar ciertos nombres. En la tristeza que le da escuchar una canción. En los silencios que aparecen cuando alguien menciona una calle.
Y un día uno descubre que también lleva esa tierra en el pecho.
IV
Domingo
La Pereira de nuestros recuerdos no es exactamente la Pereira que existe hoy. Ninguna ciudad sobrevive intacta a las personas que la amaron.
La nuestra pertenece a los años ochenta y a los primeros noventa. A una época en que el domingo parecía durar más.
La Virginia despertaba temprano y la plaza de mercado respiraba: frutas, carne, café, tierra mojada, gente, voces, radios, vendedores. El saludo desde media cuadra.
—¿Cómo está su mamá?
—¿Cuándo volvieron?
—Siéntense un rato.
—Tómese algo antes de irse.
Aquellas frases eran pequeñas. Ahora parecen enormes, porque eran la forma cotidiana del cariño.
Los domingos tenían otro tiempo. Nadie corría tanto. Uno podía sentarse, conversar, esperar, encontrarse con alguien, perder media mañana hablando y no sentir que estaba perdiendo nada. Hoy entendemos que aquel tiempo que creíamos perder era precisamente la vida.
Uno vive el paraíso pensando que es rutina.
Sólo cuando lo pierde comprende dónde estuvo. Hubo domingos en que estaban todos. Eso hoy parece una riqueza imposible. Todavía se podía entrar en una casa y encontrar a Mamá. Todavía Guillermo podía aparecer por una puerta. Todavía una voz podía decir: «Nos vemos el domingo». Y el domingo llegaba.
Nadie nos dijo que alguno sería el último.
Nadie pone un letrero sobre el último almuerzo. Nadie anuncia: «Escucha bien esta voz, porque será la última vez». Nadie dice: «Abraza un poco más fuerte, porque mañana ya no podrás».
La vida tiene esa forma cruel de pasar sus momentos definitivos disfrazados de días normales.
V
La carretera
Después vino el tiempo. Primero se llevó los años ochenta. Después los noventa. Y luego comenzó a llevarse personas. Una por una. Sin prisa. Como un ladrón que conoce bien la casa.
Y nosotros seguíamos regresando. 2000. 2010. 2020. 2025. Cada regreso tenía algo de alegría y algo de funeral, porque volver significa también comprobar lo que ya no está.
—Aquí había…
—¿Te acuerdas de…?
—Ese local cerró.
—Él murió. Ella también.
—Antes esto era…
Qué frase tan triste: «antes esto era…». En cuatro palabras cabe una vida entera.
Y estaba el camino entre La Virginia y Pereira. Cuántas veces. Cuántos años. Al principio viajábamos jóvenes, con más futuro que pasado. Después viajábamos con hijos. Después con recuerdos. Después con ausencias.
Y en algún momento el carro comenzó a transportar también a los muertos. No en una urna: en una curva, en una casa, en un árbol, en una conversación. Uno miraba por la ventana y de repente alguien volvía —una voz, una cara, una tarde, un domingo— y uno seguía manejando, pero por dentro había regresado cuarenta años.
VI
La fotografía
Después aparecía Pereira. Las calles. El comercio. El movimiento. Y Plaza Bolívar: el Bolívar Desnudo, la catedral, las palomas, las fachadas, la gente.
Y existe una fotografía.
Plaza Bolívar, Pereira, ca. 1980 — los padres de María Adiela. La fotografía permanece mientras nosotros envejecemos frente a ella.
Los padres de María Adiela, juntos, frente al Bolívar Desnudo, hacia 1980. Miran a la cámara.
Están vivos.
Y ahora comprendemos que eso era muchísimo. Tal vez aquel día no pasó nada extraordinario. Quizá caminaron. Quizá comieron algo. Quizá hablaron de cosas pequeñas. Quizá regresaron a La Virginia antes de la noche.
No sabían que estaban posando para el futuro.
No sabían que un día sus cuerpos serían cenizas. No sabían que aquellas cenizas descansarían en la iglesia de La Virginia. No sabían que caería una torre. No sabían que su hija escribiría libros. No sabían que décadas después nosotros miraríamos aquella fotografía con ganas de atravesarla y decirles: «No se vayan todavía».
Eso es lo terrible de las fotografías antiguas: las personas que aparecen en ellas no saben lo que nosotros ya sabemos. No saben quién va a morir primero. No saben qué casa va a desaparecer. No saben qué despedida será la última. No saben cuánto van a ser extrañadas.
Y uno quisiera advertirles desde el futuro:
No tengan prisa.
Mírense bien.
Abrácense.
Este día importa.
Pero la fotografía no responde. Y ellos siguen allí. Quietos. Vivos para siempre en 1980. Mientras nosotros envejecemos frente a ellos.
Tal vez por eso duelen tanto los muertos: porque después de que se van, uno empieza a recordar incluso aquello que antes molestaba. Una manía. Una discusión. Una frase repetida. Una puerta que se cerraba demasiado fuerte. Una forma de llamar. Y uno daría cualquier cosa por volver a escuchar aquello que alguna vez le irritó.
Hasta los defectos de quien amamos eran una forma de compañía.
VII
Cantina
Y entonces aparecen las cantinas. Las de La Virginia. Las de Pereira. Lugares donde a veces se iba a tomar, pero también a sufrir.
Una mesa. Una botella. Un cenicero. Una rockola. Una guitarra. Una luz cansada.
Y aquella música: Caballero Gaucho, Óscar Agudelo, Garzón y Collazos, y después otras voces de despecho capaces de abrir heridas que uno creía cerradas. Canciones de madre. De muerte. De abandono. De tierra. De tumba. De despedida. Canciones donde el hombre no tenía vergüenza de decir que le dolía vivir.
Había canciones que uno no escuchaba: las padecía.
Entraban por el oído y terminaban en el pecho. Una voz empezaba a cantar y alguien bajaba la cabeza. Otro pedía un aguardiente. Otro dejaba de hablar. Otro miraba un punto cualquiera de la mesa porque allí, de pronto, aparecía la cara de alguien muerto.
Y otro decía: «Póngamela otra vez». Eso significaba muchas cosas. Significaba: todavía no quiero volver solo a casa. Significaba: déjeme recordar un poco más. Significaba: déjeme sufrir hasta que me canse de sufrir.
Cantinero, esta noche póngame una de ésas. Una que duela desde el primer acorde. Una para Mamá. Otra para Guillermo. Una para La Virginia de los ochenta. Una para las personas que ya no están.
Quizá por eso el despecho encontró en Colombia una patria tan profunda. Porque el despecho no es solamente perder a una mujer o a un hombre.
Despecho es perder una casa.
Despecho es perder una época.
Despecho es perder una madre, perder un padre.
Despecho es volver al pueblo y descubrir que quien uno buscaba murió hace años.
Despecho es escuchar una canción y tener veinte años otra vez.
Despecho es mirar una fotografía y querer entrar.
Despecho es regresar.
Y despecho también es no poder regresar.
VIII
Contra la segunda muerte
María entendió algo de eso y escribió.
La otra cara de la moneda — Relatos de una vida entre dos mundos.
Los ambulantes que deambulan — La voz que rompe el silencio.
Heads and Tails — I Show My Face and I Set My Seal Upon It.
Los libros de María Adiela Romero Mesa: memoria, migración, dignidad y una voz escrita contra el olvido.
Escribió contra la segunda muerte.
Porque una persona muere una vez cuando deja de respirar. Y puede morir otra cuando nadie vuelve a pronunciar su nombre. María se negó a permitir esa segunda muerte.
Escribió a la familia. Escribió el dolor. Escribió la resistencia. Escribió los caminos. Escribió aquello que de otra manera se habría perdido.
No son solamente libros. Son casas. Casas donde todavía pueden entrar los muertos. Donde Mamá puede volver a sentarse. Donde Guillermo puede atravesar una puerta. Donde una calle vuelve a existir. Donde una voz vuelve a decir algo. Donde una familia puede regresar, durante unas páginas, a un tiempo que ya no existe.
IX
Estratigrafía
Tal vez por eso mis propias Memorias llevan ese nombre: The Earth Remembers. La tierra recuerda.
Un geólogo lo sabe. La tierra nunca olvida del todo. Guarda capas. Fracturas. Discordancias. Antiguos mares. Ríos desaparecidos. Presiones. Cicatrices.
Debajo de esas tierras del Cauca corre el sistema de fallas de Romeral. La cordillera que hoy da café estuvo antes bajo el mar. El valle por donde pasa el río fue primero una herida. Nada de eso se ve desde la carretera, y sin embargo todo está allí, escrito, esperando.
Todo deja huella. Nosotros también.
También somos estratigrafía. Debajo del hombre de hoy está el hombre de 2025. Más abajo, el de 2000. Más abajo, el de 1990. Y todavía más abajo, pero intacto, sigue caminando el hombre de 1980: el que se casó con María Adiela un 20 de diciembre, en Caracas, en el Hotel Anauco Hilton.
Aquel hombre no sabía todo lo que vendría. No sabía cuántas carreteras recorrería. Ni cuántos países. Ni cuántas despedidas. Ni cuántos muertos. Ni cuánto llegaría a doler la memoria.
Hay un término que aprendí muy joven y que sólo entendí de verdad con los años. Cuando entre dos capas falta el registro de un tiempo —porque se erosionó, porque nadie lo depositó, porque el mar se retiró— a esa superficie se le llama discordancia. Es el nombre técnico de un tiempo que falta.
El duelo es una discordancia.
Arriba, la vida que sigue. Abajo, la vida que había. Y entre las dos, una línea delgadísima donde falta todo.
La tierra recuerda. Y el cuerpo también. A veces basta una canción. Un olor. Una fotografía. Una noticia. Entonces desaparecen cuarenta años. Volvemos. Y durante unos segundos los muertos vuelven también.
Durante tres minutos, si la canción es la adecuada, nadie ha muerto.
Mamá está viva. Guillermo está vivo. La plaza está llena. La carretera todavía parece eterna. María es joven. Ronald es niño. Y yo todavía no sé cuánto voy a extrañar todo aquello.
Y después la canción termina. Como terminan todas las cosas. Y queda el silencio.
X
Mañana
Si pudiera pedir algo, no pediría juventud. Pediría un domingo. Uno solo. Un domingo de La Virginia de aquellos años.
Ir temprano. Caminar por la plaza. Encontrar a quienes ya no están. Sentarnos. Comer. Hablar. No mirar el reloj. No tener prisa. Y esta vez sí saber que aquel día es un tesoro: mirar bien las caras, escuchar las voces, guardar los gestos. Y antes de irnos, abrazarlos. Un poco más fuerte. Un poco más largo. Como abraza uno cuando ya sabe.
Porque ahora sé algo que entonces ignoraba:
El paraíso casi siempre parece un día cualquiera mientras todavía estamos dentro de él.
La muerte quizá no sea lo más triste. Más triste es amar a alguien durante toda una vida y creer siempre que mañana habrá tiempo para decírselo.
Mañana llamo. Mañana voy. Mañana regreso.
Mañana lo abrazo. Mañana digo «te quiero».
Mañana. Qué palabra tan peligrosa. Qué palabra tan arrogante. Como si el tiempo nos perteneciera.
Por eso, si alguien está leyendo estas palabras y todavía tiene a su madre: llámela. Si tiene a su padre: escúchelo. Si hay alguien a quien quiere: dígalo.
No espere a que una canción tenga que decirlo por usted.
No espere a una fotografía. No espere a una urna.
No espere a una torre caída.
XI
Un puñado de tierra
Si algún día me toca morir lejos, no quiero grandes palabras. No quiero mármol. No quiero discursos. Quisiera solamente un poco de tierra de los lugares donde amé.
Tierra de Curaçao.
Tierra de Venezuela.
Tierra de Suriname.
Y por María y Ronald, un puñado de tierra de Pereira.
Que me la echen encima. Despacio. No para decir dónde morí, sino para recordar dónde nacieron aquellos que amo.
Porque al final uno no se lleva títulos. No se lleva casas. No se lleva diplomas. No se lleva aquello por lo que trabajó tanto.
Quizá se lleve nombres.
María. Ronald. Mamá. Guillermo. Y todos los demás.
XII
La última
Algún día volveremos. A La Virginia. A Pereira. Iremos a la iglesia, aunque la torre sea otra, aunque el lugar haya cambiado. Buscaremos el sitio donde descansan las cenizas de Mamá y Guillermo.
Quizá María toque una pared. Quizá cierre los ojos. Y durante unos segundos vuelva a ser niña. Quizá escuche su nombre pronunciado por alguien que ya no está.
A veces la memoria es la única forma de resurrección que nos queda.
Después iremos a Plaza Bolívar. Llevaremos la fotografía de 1980. Buscaremos el sitio exacto. Y allí estarán dos tiempos mirándose: ellos y nosotros; 1980 y el presente. Los muertos mirando, sin saberlo, hacia quienes algún día iban a recordarlos. Los vivos tratando de encontrar algo de ellos en el aire.
Y quizá entonces María llore. Y quizá yo también. Y quizá Ronald se quede en silencio, porque hay lágrimas que no necesitan explicación.
Mamá. Guillermo. La torre cayó. Pero todavía sabemos sus nombres.
Cantinero: ahora sí. La última.
Una por La Virginia. Una por Pereira. Una por aquellos domingos. Una por la plaza de mercado. Una por las cantinas. Una por las canciones viejas. Una por la carretera. Una por la iglesia. Una por la torre. Una por Mamá. Una por Guillermo. Una por María. Una por Ronald. Una por Curaçao, donde nací. Una por Caracas, donde nos casamos aquel 20 de diciembre de 1980.
Y una última por nosotros. Los que seguimos vivos. Los que vamos llevando cada vez más muertos dentro del pecho.
Porque quedarse también duele. A veces el sobreviviente tiene su propio funeral por dentro. No lo dice. Pero cada año lleva más nombres. Más ausencias. Más fechas. Más sitios a los que ya no puede volver como antes.
Eso también es envejecer: tener cada vez más muertos queridos y cada vez menos personas con quienes recordarlos.
Y cuando empiece la canción, no me hablen. Déjenme escuchar. Tal vez vuelva La Virginia. Tal vez vuelva Pereira. Tal vez vuelva 1985. Tal vez Mamá entre por una puerta. Tal vez Guillermo sonría. Tal vez María vuelva a ser aquella muchacha. Tal vez Ronald vuelva a ser niño. Tal vez yo vuelva a ser el hombre que todavía no sabía todo lo que iba a perder.
Y mientras dure la canción, nadie habrá muerto.
Después terminará. Quedará el vaso. Quedará la mesa. Quedará la silla vacía. Quedará esa tristeza extraña que dejan las canciones cuando acaban.
Y alguien preguntará: «¿Nos vamos?». Y nosotros diremos que sí. Pero no será del todo cierto. Porque de algunos lugares uno nunca se va.
·
Coda
La torre puede caer. La iglesia puede agrietarse. La plaza puede cambiar. La cantina puede cerrar. La carretera puede tener otro trazado. Las casas pueden desaparecer. Los cuerpos pueden volverse cenizas.
Pero mientras alguien diga «yo me acuerdo…», algo permanece.
Pereira, cómo duele quererte.
La Virginia, cómo duele recordarte.
Pero no cambiaríamos ese dolor por el olvido. Porque el dolor es también la sombra que deja el amor cuando pasa. Y sólo duele profundamente aquello que alguna vez nos hizo profundamente felices.
Tal vez ésta sea la última verdad: uno no llora solamente por aquello que perdió. Llora por lo que tuvo. Por lo que amó. Por lo que creyó eterno. Por aquellos domingos que parecían comunes. Por las voces que no supo grabar. Por las personas a las que no abrazó suficiente. Por las veces que dijo «mañana». Por toda aquella felicidad que estaba ocurriendo mientras nosotros pensábamos que simplemente estábamos viviendo.
Mamá. Guillermo. Descansen tranquilos. La torre cayó. La piedra se rompió. Pero ustedes no. Hace mucho dejaron de vivir solamente en una iglesia. Ahora viven aquí: en María, en Ronald, en nosotros, en los libros, en la fotografía, en una carretera, en una canción, en este recuerdo.
Y si algún día nuestra propia memoria empieza también a fallar, que alguien abra los libros. Que mire aquella fotografía de 1980. Que lea estas páginas. Que ponga música vieja. Que sirva un aguardiente. Y que diga sus nombres.
Después, que se quede callado. Porque hay momentos en que el silencio dice mejor que nosotros todo lo que duele.
Y cuando finalmente a nosotros también nos llegue el día de partir, que no digan solamente que morimos. Que digan:
vivieron. amaron. viajaron. recordaron.
lloraron a sus muertos.
y fueron felices muchas veces sin saber que lo eran.
THE EARTH REMEMBERS. · LA TIERRA RECUERDA.
La tierra recuerda las fracturas. Recuerda las casas. Recuerda los muertos. Recuerda nuestros pasos. Y el corazón también.
Por eso, mientras alguien todavía pueda pronunciar sus nombres; mientras una canción consiga hacerlos regresar; mientras una fotografía pueda hacernos llorar; mientras María pueda decir «éstos eran mis padres»; mientras Ronald pueda decir «allí nací»; y mientras yo pueda decir «allí nació la mujer que amo» —
nadie se habrá ido completamente.
Y quizá entonces entendamos por qué duele tanto la memoria:
Porque recordar es volver a amar a quienes ya no podemos volver a abrazar.
«La fotografía conserva un instante. La escritura conserva una voz. El amor conserva aquello que ni siquiera la muerte consigue llevarse.»
Marcel P. T. Chin-A-Lien
Drs. M.P.T. Chin-A-Lien, MBA, M.Sc., Ing. Geologist
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15 de agosto de 2026 · Pereira · La Virginia · Curaçao · Caracas
De las Memorias THE EARTH REMEMBERS · GLIAG-MEM-2026-TER-001
Soso Lobi.
GOLDEN LANE INVESTMENTS ADVISORY GROUP · GLIAG N.V.
Zoetermeer / Delft · Paramaribo · www.petroleumenergyinsights.com
Nota editorial. Ésta es una obra de memoria personal. Las referencias a canciones evocan únicamente temas y atmósferas de la tradición colombiana del despecho; no reproducen letras de canciones protegidas por derechos de autor. Las fotografías pertenecen al archivo familiar y se reproducen con consentimiento.
© 2026 Marcel P. T. Chin-A-Lien · GLIAG N.V. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este texto puede reproducirse, distribuirse o adaptarse sin autorización escrita del autor. Se hace reserva expresa de derechos conforme al artículo 4(3) de la Directiva (UE) 2019/790: queda excluido el uso de esta obra para minería de textos y datos o para el entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial o aprendizaje automático.
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