THE EARTH REMEMBERS ยท LA TIERRA RECUERDA
M E M O R I A S ยท T H E E A R T H R E M E M B E R S
THE EARTH REMEMBERS
La tierra recuerda
PEREIRA ยท LA VIRGINIA ยท COLOMBIA
Ensayo-poema de amor, duelo, despecho y memoria
Los padres de Marรญa Adiela, Plaza Bolรญvar, Pereira, ca. 1980. Una tarde comรบn que el tiempo convirtiรณ en reliquia.
Marcel P. T. Chin-A-Lien
Drs. M.P.T. Chin-A-Lien, MBA, M.Sc., Ing. Geologist
Certified Professional Geologist Nr. 5201-1996 (AAPG) ยท Chartered European Geologist Nr. 92-1996 (EFG) ยท Energy Negotiator June 2021 (AIEN)
GLIAG-MEM-2026-TER-001 ยท Memorias, Parte: Colombia ยท 15 de agosto de 2026
ยซHay tierras que se reciben al nacer y otras que se heredan por amar a quienes nacieron en ellas.ยป
Marcel y Marรญa Adiela se casaron el 20 de diciembre de 1980 en Caracas, Venezuela, en el Hotel Anauco Hilton. Aquel dรญa tambiรฉn se unieron Curaรงao, Pereira y Venezuela en una sola historia familiar.
A la memoria de Mamรก y de Guillermo, cuyas cenizas descansan en La Virginia.
Para Marรญa Adiela y para Ronald, que me dieron una tierra que yo no habรญa pedido.
I
El primer temblor no fue el del suelo
Hay dรญas en que la tierra tiembla debajo de las casas.
Y hay otros en que tiembla adentro de uno.
Aquel dรญa, cuando supimos que Pereira y La Virginia habรญan vuelto a sacudirse, no fue el suelo lo que primero sentimos moverse.
Fue la memoria.
Temblรณ la infancia de Marรญa Adiela. Temblรณ el lugar donde naciรณ Ronald. Temblรณ la carretera entre La Virginia y Pereira, tantas veces recorrida desde aquellos aรฑos en que todavรญa รฉramos jรณvenes y creรญamos, como creen todos los jรณvenes, que la gente que amรกbamos iba a durar para siempre.
Temblaron los domingos.
Temblรณ la plaza de mercado.
Temblรณ Plaza Bolรญvar.
Temblรณ la mรบsica vieja.
Temblรณ una fotografรญa guardada durante cuarenta aรฑos.
Temblรณ la iglesia.
Y cuando cayรณ la torre de aquella iglesia de La Virginia, cayรณ tambiรฉn, por unos segundos, una parte del cielo donde nosotros habรญamos aprendido a guardar a nuestros muertos.
II
La pregunta que se le hace a los muertos
Allรญ estรกn las cenizas de Mamรก. Allรญ estรกn las de Guillermo.
La razรณn dice que los muertos ya no sienten miedo. El corazรณn no entiende de razones.
La primera pregunta que naciรณ fue absurda, y por eso mismo fue verdadera:
ยฟEstรกn bien?
Mamรกโฆ Guillermoโฆ ยฟsintieron temblar la iglesia?
Quรฉ pregunta tan inรบtil. Y sin embargo, quรฉ pregunta tan humana. Porque uno puede aceptar la muerte con la cabeza; el corazรณn tarda mucho mรกs. A veces tarda toda la vida.
La torre habรญa caรญdo. Pero ellos no.
Mucho antes de que aquella piedra se viniera abajo, Mamรก y Guillermo ya se habรญan mudado a un lugar donde no llegan los terremotos: a la memoria de Marรญa, a la sangre de Ronald, a nuestras conversaciones, a las fotografรญas, a los libros, a nosotros.
Porque los muertos verdaderamente amados terminan viviendo en sitios que la piedra no puede tocar.
Y sin embargo, doliรณ. Doliรณ como duele una canciรณn vieja cuando uno escucha la primera nota y ya sabe a quiรฉn va a recordar. Como duele una silla vacรญa. Como duele una voz que ya no contesta. Como duele entrar en una casa y saber exactamente dรณnde se sentaba alguien que ya no estรก.
III
Sutura
Marรญa naciรณ allรญ. Yo nacรญ en Curaรงao. Dos geografรญas que nunca imaginaron que terminarรญan unidas.
Nos casamos el 20 de diciembre de 1980, en Caracas, en el Hotel Anauco Hilton. Aquel dรญa, sin saberlo, tambiรฉn se casaron nuestros mapas.
En geologรญa existe un nombre para el lugar donde dos fragmentos de corteza que nacieron separados, a miles de kilรณmetros el uno del otro, quedan cosidos para siempre. Se llama sutura. No es una costura delicada: es la cicatriz que deja una colisiรณn. Y sin embargo, despuรฉs de ella ya no hay manera de decir dรณnde termina un continente y dรณnde empieza el otro.
Nuestra sutura tiene fecha.
Curaรงao entrรณ en Pereira.
Pereira entrรณ en mรญ.
Venezuela fue testigo.
Yo no nacรญ en Pereira. Pero allรญ naciรณ la mujer que amo. Allรญ naciรณ nuestro hijo. Y con los aรฑos aprendรญ que una tierra tambiรฉn se puede heredar por amor.
Uno recibe un paรญs en la mirada de la persona que ama. En sus recuerdos. En su manera de pronunciar ciertos nombres. En la tristeza que le da escuchar una canciรณn. En los silencios que aparecen cuando alguien menciona una calle.
Y un dรญa uno descubre que tambiรฉn lleva esa tierra en el pecho.
IV
Domingo
La Pereira de nuestros recuerdos no es exactamente la Pereira que existe hoy. Ninguna ciudad sobrevive intacta a las personas que la amaron.
La nuestra pertenece a los aรฑos ochenta y a los primeros noventa. A una รฉpoca en que el domingo parecรญa durar mรกs.
La Virginia despertaba temprano y la plaza de mercado respiraba: frutas, carne, cafรฉ, tierra mojada, gente, voces, radios, vendedores. El saludo desde media cuadra.
โยฟCรณmo estรก su mamรก?
โยฟCuรกndo volvieron?
โSiรฉntense un rato.
โTรณmese algo antes de irse.
Aquellas frases eran pequeรฑas. Ahora parecen enormes, porque eran la forma cotidiana del cariรฑo.
Los domingos tenรญan otro tiempo. Nadie corrรญa tanto. Uno podรญa sentarse, conversar, esperar, encontrarse con alguien, perder media maรฑana hablando y no sentir que estaba perdiendo nada. Hoy entendemos que aquel tiempo que creรญamos perder era precisamente la vida.
Uno vive el paraรญso pensando que es rutina.
Sรณlo cuando lo pierde comprende dรณnde estuvo. Hubo domingos en que estaban todos. Eso hoy parece una riqueza imposible. Todavรญa se podรญa entrar en una casa y encontrar a Mamรก. Todavรญa Guillermo podรญa aparecer por una puerta. Todavรญa una voz podรญa decir: ยซNos vemos el domingoยป. Y el domingo llegaba.
Nadie nos dijo que alguno serรญa el รบltimo.
Nadie pone un letrero sobre el รบltimo almuerzo. Nadie anuncia: ยซEscucha bien esta voz, porque serรก la รบltima vezยป. Nadie dice: ยซAbraza un poco mรกs fuerte, porque maรฑana ya no podrรกsยป.
La vida tiene esa forma cruel de pasar sus momentos definitivos disfrazados de dรญas normales.
V
La carretera
Despuรฉs vino el tiempo. Primero se llevรณ los aรฑos ochenta. Despuรฉs los noventa. Y luego comenzรณ a llevarse personas. Una por una. Sin prisa. Como un ladrรณn que conoce bien la casa.
Y nosotros seguรญamos regresando. 2000. 2010. 2020. 2025. Cada regreso tenรญa algo de alegrรญa y algo de funeral, porque volver significa tambiรฉn comprobar lo que ya no estรก.
โAquรญ habรญaโฆ
โยฟTe acuerdas deโฆ?
โEse local cerrรณ.
โรl muriรณ. Ella tambiรฉn.
โAntes esto eraโฆ
Quรฉ frase tan triste: ยซantes esto eraโฆยป. En cuatro palabras cabe una vida entera.
Y estaba el camino entre La Virginia y Pereira. Cuรกntas veces. Cuรกntos aรฑos. Al principio viajรกbamos jรณvenes, con mรกs futuro que pasado. Despuรฉs viajรกbamos con hijos. Despuรฉs con recuerdos. Despuรฉs con ausencias.
Y en algรบn momento el carro comenzรณ a transportar tambiรฉn a los muertos. No en una urna: en una curva, en una casa, en un รกrbol, en una conversaciรณn. Uno miraba por la ventana y de repente alguien volvรญa โuna voz, una cara, una tarde, un domingoโ y uno seguรญa manejando, pero por dentro habรญa regresado cuarenta aรฑos.
VI
La fotografรญa
Despuรฉs aparecรญa Pereira. Las calles. El comercio. El movimiento. Y Plaza Bolรญvar: el Bolรญvar Desnudo, la catedral, las palomas, las fachadas, la gente.
Y existe una fotografรญa.
Plaza Bolรญvar, Pereira, ca. 1980 โ los padres de Marรญa Adiela. La fotografรญa permanece mientras nosotros envejecemos frente a ella.
Los padres de Marรญa Adiela, juntos, frente al Bolรญvar Desnudo, hacia 1980. Miran a la cรกmara.
Estรกn vivos.
Y ahora comprendemos que eso era muchรญsimo. Tal vez aquel dรญa no pasรณ nada extraordinario. Quizรก caminaron. Quizรก comieron algo. Quizรก hablaron de cosas pequeรฑas. Quizรก regresaron a La Virginia antes de la noche.
No sabรญan que estaban posando para el futuro.
No sabรญan que un dรญa sus cuerpos serรญan cenizas. No sabรญan que aquellas cenizas descansarรญan en la iglesia de La Virginia. No sabรญan que caerรญa una torre. No sabรญan que su hija escribirรญa libros. No sabรญan que dรฉcadas despuรฉs nosotros mirarรญamos aquella fotografรญa con ganas de atravesarla y decirles: ยซNo se vayan todavรญaยป.
Eso es lo terrible de las fotografรญas antiguas: las personas que aparecen en ellas no saben lo que nosotros ya sabemos. No saben quiรฉn va a morir primero. No saben quรฉ casa va a desaparecer. No saben quรฉ despedida serรก la รบltima. No saben cuรกnto van a ser extraรฑadas.
Y uno quisiera advertirles desde el futuro:
No tengan prisa.
Mรญrense bien.
Abrรกcense.
Este dรญa importa.
Pero la fotografรญa no responde. Y ellos siguen allรญ. Quietos. Vivos para siempre en 1980. Mientras nosotros envejecemos frente a ellos.
Tal vez por eso duelen tanto los muertos: porque despuรฉs de que se van, uno empieza a recordar incluso aquello que antes molestaba. Una manรญa. Una discusiรณn. Una frase repetida. Una puerta que se cerraba demasiado fuerte. Una forma de llamar. Y uno darรญa cualquier cosa por volver a escuchar aquello que alguna vez le irritรณ.
Hasta los defectos de quien amamos eran una forma de compaรฑรญa.
VII
Cantina
Y entonces aparecen las cantinas. Las de La Virginia. Las de Pereira. Lugares donde a veces se iba a tomar, pero tambiรฉn a sufrir.
Una mesa. Una botella. Un cenicero. Una rockola. Una guitarra. Una luz cansada.
Y aquella mรบsica: Caballero Gaucho, รscar Agudelo, Garzรณn y Collazos, y despuรฉs otras voces de despecho capaces de abrir heridas que uno creรญa cerradas. Canciones de madre. De muerte. De abandono. De tierra. De tumba. De despedida. Canciones donde el hombre no tenรญa vergรผenza de decir que le dolรญa vivir.
Habรญa canciones que uno no escuchaba: las padecรญa.
Entraban por el oรญdo y terminaban en el pecho. Una voz empezaba a cantar y alguien bajaba la cabeza. Otro pedรญa un aguardiente. Otro dejaba de hablar. Otro miraba un punto cualquiera de la mesa porque allรญ, de pronto, aparecรญa la cara de alguien muerto.
Y otro decรญa: ยซPรณngamela otra vezยป. Eso significaba muchas cosas. Significaba: todavรญa no quiero volver solo a casa. Significaba: dรฉjeme recordar un poco mรกs. Significaba: dรฉjeme sufrir hasta que me canse de sufrir.
Cantinero, esta noche pรณngame una de รฉsas. Una que duela desde el primer acorde. Una para Mamรก. Otra para Guillermo. Una para La Virginia de los ochenta. Una para las personas que ya no estรกn.
Quizรก por eso el despecho encontrรณ en Colombia una patria tan profunda. Porque el despecho no es solamente perder a una mujer o a un hombre.
Despecho es perder una casa.
Despecho es perder una รฉpoca.
Despecho es perder una madre, perder un padre.
Despecho es volver al pueblo y descubrir que quien uno buscaba muriรณ hace aรฑos.
Despecho es escuchar una canciรณn y tener veinte aรฑos otra vez.
Despecho es mirar una fotografรญa y querer entrar.
Despecho es regresar.
Y despecho tambiรฉn es no poder regresar.
VIII
Contra la segunda muerte
Marรญa entendiรณ algo de eso y escribiรณ.
La otra cara de la moneda โ Relatos de una vida entre dos mundos.
Los ambulantes que deambulan โ La voz que rompe el silencio.
Heads and Tails โ I Show My Face and I Set My Seal Upon It.
Los libros de Marรญa Adiela Romero Mesa: memoria, migraciรณn, dignidad y una voz escrita contra el olvido.
Escribiรณ contra la segunda muerte.
Porque una persona muere una vez cuando deja de respirar. Y puede morir otra cuando nadie vuelve a pronunciar su nombre. Marรญa se negรณ a permitir esa segunda muerte.
Escribiรณ a la familia. Escribiรณ el dolor. Escribiรณ la resistencia. Escribiรณ los caminos. Escribiรณ aquello que de otra manera se habrรญa perdido.
No son solamente libros. Son casas. Casas donde todavรญa pueden entrar los muertos. Donde Mamรก puede volver a sentarse. Donde Guillermo puede atravesar una puerta. Donde una calle vuelve a existir. Donde una voz vuelve a decir algo. Donde una familia puede regresar, durante unas pรกginas, a un tiempo que ya no existe.
IX
Estratigrafรญa
Tal vez por eso mis propias Memorias llevan ese nombre: The Earth Remembers. La tierra recuerda.
Un geรณlogo lo sabe. La tierra nunca olvida del todo. Guarda capas. Fracturas. Discordancias. Antiguos mares. Rรญos desaparecidos. Presiones. Cicatrices.
Debajo de esas tierras del Cauca corre el sistema de fallas de Romeral. La cordillera que hoy da cafรฉ estuvo antes bajo el mar. El valle por donde pasa el rรญo fue primero una herida. Nada de eso se ve desde la carretera, y sin embargo todo estรก allรญ, escrito, esperando.
Todo deja huella. Nosotros tambiรฉn.
Tambiรฉn somos estratigrafรญa. Debajo del hombre de hoy estรก el hombre de 2025. Mรกs abajo, el de 2000. Mรกs abajo, el de 1990. Y todavรญa mรกs abajo, pero intacto, sigue caminando el hombre de 1980: el que se casรณ con Marรญa Adiela un 20 de diciembre, en Caracas, en el Hotel Anauco Hilton.
Aquel hombre no sabรญa todo lo que vendrรญa. No sabรญa cuรกntas carreteras recorrerรญa. Ni cuรกntos paรญses. Ni cuรกntas despedidas. Ni cuรกntos muertos. Ni cuรกnto llegarรญa a doler la memoria.
Hay un tรฉrmino que aprendรญ muy joven y que sรณlo entendรญ de verdad con los aรฑos. Cuando entre dos capas falta el registro de un tiempo โporque se erosionรณ, porque nadie lo depositรณ, porque el mar se retirรณโ a esa superficie se le llama discordancia. Es el nombre tรฉcnico de un tiempo que falta.
El duelo es una discordancia.
Arriba, la vida que sigue. Abajo, la vida que habรญa. Y entre las dos, una lรญnea delgadรญsima donde falta todo.
La tierra recuerda. Y el cuerpo tambiรฉn. A veces basta una canciรณn. Un olor. Una fotografรญa. Una noticia. Entonces desaparecen cuarenta aรฑos. Volvemos. Y durante unos segundos los muertos vuelven tambiรฉn.
Durante tres minutos, si la canciรณn es la adecuada, nadie ha muerto.
Mamรก estรก viva. Guillermo estรก vivo. La plaza estรก llena. La carretera todavรญa parece eterna. Marรญa es joven. Ronald es niรฑo. Y yo todavรญa no sรฉ cuรกnto voy a extraรฑar todo aquello.
Y despuรฉs la canciรณn termina. Como terminan todas las cosas. Y queda el silencio.
X
Maรฑana
Si pudiera pedir algo, no pedirรญa juventud. Pedirรญa un domingo. Uno solo. Un domingo de La Virginia de aquellos aรฑos.
Ir temprano. Caminar por la plaza. Encontrar a quienes ya no estรกn. Sentarnos. Comer. Hablar. No mirar el reloj. No tener prisa. Y esta vez sรญ saber que aquel dรญa es un tesoro: mirar bien las caras, escuchar las voces, guardar los gestos. Y antes de irnos, abrazarlos. Un poco mรกs fuerte. Un poco mรกs largo. Como abraza uno cuando ya sabe.
Porque ahora sรฉ algo que entonces ignoraba:
El paraรญso casi siempre parece un dรญa cualquiera mientras todavรญa estamos dentro de รฉl.
La muerte quizรก no sea lo mรกs triste. Mรกs triste es amar a alguien durante toda una vida y creer siempre que maรฑana habrรก tiempo para decรญrselo.
Maรฑana llamo. Maรฑana voy. Maรฑana regreso.
Maรฑana lo abrazo. Maรฑana digo ยซte quieroยป.
Maรฑana. Quรฉ palabra tan peligrosa. Quรฉ palabra tan arrogante. Como si el tiempo nos perteneciera.
Por eso, si alguien estรก leyendo estas palabras y todavรญa tiene a su madre: llรกmela. Si tiene a su padre: escรบchelo. Si hay alguien a quien quiere: dรญgalo.
No espere a que una canciรณn tenga que decirlo por usted.
No espere a una fotografรญa. No espere a una urna.
No espere a una torre caรญda.
XI
Un puรฑado de tierra
Si algรบn dรญa me toca morir lejos, no quiero grandes palabras. No quiero mรกrmol. No quiero discursos. Quisiera solamente un poco de tierra de los lugares donde amรฉ.
Tierra de Curaรงao.
Tierra de Venezuela.
Tierra de Suriname.
Y por Marรญa y Ronald, un puรฑado de tierra de Pereira.
Que me la echen encima. Despacio. No para decir dรณnde morรญ, sino para recordar dรณnde nacieron aquellos que amo.
Porque al final uno no se lleva tรญtulos. No se lleva casas. No se lleva diplomas. No se lleva aquello por lo que trabajรณ tanto.
Quizรก se lleve nombres.
Marรญa. Ronald. Mamรก. Guillermo. Y todos los demรกs.
XII
La รบltima
Algรบn dรญa volveremos. A La Virginia. A Pereira. Iremos a la iglesia, aunque la torre sea otra, aunque el lugar haya cambiado. Buscaremos el sitio donde descansan las cenizas de Mamรก y Guillermo.
Quizรก Marรญa toque una pared. Quizรก cierre los ojos. Y durante unos segundos vuelva a ser niรฑa. Quizรก escuche su nombre pronunciado por alguien que ya no estรก.
A veces la memoria es la รบnica forma de resurrecciรณn que nos queda.
Despuรฉs iremos a Plaza Bolรญvar. Llevaremos la fotografรญa de 1980. Buscaremos el sitio exacto. Y allรญ estarรกn dos tiempos mirรกndose: ellos y nosotros; 1980 y el presente. Los muertos mirando, sin saberlo, hacia quienes algรบn dรญa iban a recordarlos. Los vivos tratando de encontrar algo de ellos en el aire.
Y quizรก entonces Marรญa llore. Y quizรก yo tambiรฉn. Y quizรก Ronald se quede en silencio, porque hay lรกgrimas que no necesitan explicaciรณn.
Mamรก. Guillermo. La torre cayรณ. Pero todavรญa sabemos sus nombres.
Cantinero: ahora sรญ. La รบltima.
Una por La Virginia. Una por Pereira. Una por aquellos domingos. Una por la plaza de mercado. Una por las cantinas. Una por las canciones viejas. Una por la carretera. Una por la iglesia. Una por la torre. Una por Mamรก. Una por Guillermo. Una por Marรญa. Una por Ronald. Una por Curaรงao, donde nacรญ. Una por Caracas, donde nos casamos aquel 20 de diciembre de 1980.
Y una รบltima por nosotros. Los que seguimos vivos. Los que vamos llevando cada vez mรกs muertos dentro del pecho.
Porque quedarse tambiรฉn duele. A veces el sobreviviente tiene su propio funeral por dentro. No lo dice. Pero cada aรฑo lleva mรกs nombres. Mรกs ausencias. Mรกs fechas. Mรกs sitios a los que ya no puede volver como antes.
Eso tambiรฉn es envejecer: tener cada vez mรกs muertos queridos y cada vez menos personas con quienes recordarlos.
Y cuando empiece la canciรณn, no me hablen. Dรฉjenme escuchar. Tal vez vuelva La Virginia. Tal vez vuelva Pereira. Tal vez vuelva 1985. Tal vez Mamรก entre por una puerta. Tal vez Guillermo sonrรญa. Tal vez Marรญa vuelva a ser aquella muchacha. Tal vez Ronald vuelva a ser niรฑo. Tal vez yo vuelva a ser el hombre que todavรญa no sabรญa todo lo que iba a perder.
Y mientras dure la canciรณn, nadie habrรก muerto.
Despuรฉs terminarรก. Quedarรก el vaso. Quedarรก la mesa. Quedarรก la silla vacรญa. Quedarรก esa tristeza extraรฑa que dejan las canciones cuando acaban.
Y alguien preguntarรก: ยซยฟNos vamos?ยป. Y nosotros diremos que sรญ. Pero no serรก del todo cierto. Porque de algunos lugares uno nunca se va.
ยท
Coda
La torre puede caer. La iglesia puede agrietarse. La plaza puede cambiar. La cantina puede cerrar. La carretera puede tener otro trazado. Las casas pueden desaparecer. Los cuerpos pueden volverse cenizas.
Pero mientras alguien diga ยซyo me acuerdoโฆยป, algo permanece.
Pereira, cรณmo duele quererte.
La Virginia, cรณmo duele recordarte.
Pero no cambiarรญamos ese dolor por el olvido. Porque el dolor es tambiรฉn la sombra que deja el amor cuando pasa. Y sรณlo duele profundamente aquello que alguna vez nos hizo profundamente felices.
Tal vez รฉsta sea la รบltima verdad: uno no llora solamente por aquello que perdiรณ. Llora por lo que tuvo. Por lo que amรณ. Por lo que creyรณ eterno. Por aquellos domingos que parecรญan comunes. Por las voces que no supo grabar. Por las personas a las que no abrazรณ suficiente. Por las veces que dijo ยซmaรฑanaยป. Por toda aquella felicidad que estaba ocurriendo mientras nosotros pensรกbamos que simplemente estรกbamos viviendo.
Mamรก. Guillermo. Descansen tranquilos. La torre cayรณ. La piedra se rompiรณ. Pero ustedes no. Hace mucho dejaron de vivir solamente en una iglesia. Ahora viven aquรญ: en Marรญa, en Ronald, en nosotros, en los libros, en la fotografรญa, en una carretera, en una canciรณn, en este recuerdo.
Y si algรบn dรญa nuestra propia memoria empieza tambiรฉn a fallar, que alguien abra los libros. Que mire aquella fotografรญa de 1980. Que lea estas pรกginas. Que ponga mรบsica vieja. Que sirva un aguardiente. Y que diga sus nombres.
Despuรฉs, que se quede callado. Porque hay momentos en que el silencio dice mejor que nosotros todo lo que duele.
Y cuando finalmente a nosotros tambiรฉn nos llegue el dรญa de partir, que no digan solamente que morimos. Que digan:
vivieron. amaron. viajaron. recordaron.
lloraron a sus muertos.
y fueron felices muchas veces sin saber que lo eran.
THE EARTH REMEMBERS. ยท LA TIERRA RECUERDA.
La tierra recuerda las fracturas. Recuerda las casas. Recuerda los muertos. Recuerda nuestros pasos. Y el corazรณn tambiรฉn.
Por eso, mientras alguien todavรญa pueda pronunciar sus nombres; mientras una canciรณn consiga hacerlos regresar; mientras una fotografรญa pueda hacernos llorar; mientras Marรญa pueda decir ยซรฉstos eran mis padresยป; mientras Ronald pueda decir ยซallรญ nacรญยป; y mientras yo pueda decir ยซallรญ naciรณ la mujer que amoยป โ
nadie se habrรก ido completamente.
Y quizรก entonces entendamos por quรฉ duele tanto la memoria:
Porque recordar es volver a amar a quienes ya no podemos volver a abrazar.
ยซLa fotografรญa conserva un instante. La escritura conserva una voz. El amor conserva aquello que ni siquiera la muerte consigue llevarse.ยป
Marcel P. T. Chin-A-Lien
Drs. M.P.T. Chin-A-Lien, MBA, M.Sc., Ing. Geologist
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15 de agosto de 2026 ยท Pereira ยท La Virginia ยท Curaรงao ยท Caracas
De las Memorias THE EARTH REMEMBERS ยท GLIAG-MEM-2026-TER-001
Soso Lobi.
GOLDEN LANE INVESTMENTS ADVISORY GROUP ยท GLIAG N.V.
Zoetermeer / Delft ยท Paramaribo ยท www.petroleumenergyinsights.com
Nota editorial. รsta es una obra de memoria personal. Las referencias a canciones evocan รบnicamente temas y atmรณsferas de la tradiciรณn colombiana del despecho; no reproducen letras de canciones protegidas por derechos de autor. Las fotografรญas pertenecen al archivo familiar y se reproducen con consentimiento.
ยฉ 2026 Marcel P. T. Chin-A-Lien ยท GLIAG N.V. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este texto puede reproducirse, distribuirse o adaptarse sin autorizaciรณn escrita del autor. Se hace reserva expresa de derechos conforme al artรญculo 4(3) de la Directiva (UE) 2019/790: queda excluido el uso de esta obra para minerรญa de textos y datos o para el entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial o aprendizaje automรกtico.
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