Rosa - Cremenes - Espaรฑa - 1971

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El rรญo que aprendiรณ mi nombre
Un ensayo poรฉtico sobre Rosa, Crรฉmenes, y el verano que se negรณ a terminar
Marcel P.T. Chin-A-Lien
โธป
Hay amores que no se recuerdan.
Se habitan.
El de Rosa es de esos. No vive en mi memoria como un archivo que se consulta de vez en cuando, con la distancia frรญa de quien repasa un cuaderno de campo. Vive en mรญ como vive el agua dentro de la piedra caliza: invisible casi siempre, pero disolviendo, lentamente, durante cinco dรฉcadas, todo lo que se le puso delante.
Yo lleguรฉ a Crรฉmenes buscando estratos.
Encontrรฉ, en cambio, la รบnica evidencia geolรณgica que nunca aprendรญ a fechar con precisiรณn: la de un corazรณn que, hasta entonces, no sabรญa que tenรญa edad.
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I.
Antes de Rosa, mi cuerpo entero era una brรบjula Brunton apuntando siempre al norte de la ciencia. Media un pliegue con la misma devociรณn con que otros rezan. Creรญa โ€”con la arrogancia hermosa de los veinte aรฑosโ€” que el mundo se explicaba enteramente con calizas, con fallas, con millones de aรฑos bien ordenados en columnas estratigrรกficas.
No sabรญa que existรญa una geologรญa del deseo.
Que tambiรฉn el cuerpo tiene estratos.
Que tambiรฉn hay pliegues que sรณlo se revelan bajo una presiรณn muy especรญfica: la de una mirada que se sostiene un segundo mรกs de lo necesario.
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II.
La primera vez que la vi, Rosa no hacรญa nada extraordinario. Se movรญa entre la cocina y el comedor de aquella pensiรณn con la misma naturalidad con que el rรญo Esla se movรญa entre las piedras: sin esfuerzo, sin ruido innecesario, sabiendo exactamente el camino porque llevaba generaciones recorriรฉndolo.
Su cabello negro caรญa como cae la noche sobre un valle espaรฑol: no de golpe, sino despacio, cubriรฉndolo todo con una oscuridad tibia que invita a quedarse.
No necesitaba que la miraran.
Y por eso, precisamente, era imposible no mirarla.
Habรญa en ella una sensualidad que no se anunciaba. No estaba en un gesto calculado ni en una intenciรณn. Estaba en la manera en que inclinaba levemente la cabeza para escuchar, en la lentitud con que sus ojos se movรญan de un rostro a otro, en esa dignidad silenciosa โ€”tan espaรฑola, tan suyaโ€” que hace que una mujer llene una habitaciรณn sin haber cruzado todavรญa la puerta.
Yo, que habรญa recorrido dos mil kilรณmetros para aprender a leer la Tierra, tardรฉ menos de una semana en comprender que no sabรญa leer absolutamente nada.
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III.
Nos amamos primero con el idioma mรกs antiguo del mundo: el silencio compartido junto a un rรญo.
El Esla bajaba entre piedras redondeadas por siglos de paciencia, y Rosa y yo nos sentรกbamos en su orilla sin necesidad de llenar cada minuto con palabras. Hablรกbamos de nuestras familias, de nuestros sueรฑos, del futuro que ninguno de los dos podรญa todavรญa nombrar con certeza. Y luego, sin transiciรณn, callรกbamos.
Ese silencio no era ausencia.
Era la forma mรกs honesta de la intimidad: la de dos personas que ya no necesitan demostrarse nada, ni siquiera con palabras.
Cada tarde yo bajaba de la montaรฑa con el pretexto de las rocas y la urgencia real de sus ojos. El trabajo de campo seguรญa siendo riguroso โ€”los estratos no perdonan la imprecisiรณnโ€”, pero mi verdadera brรบjula habรญa cambiado de norte. Apuntaba, invariablemente, hacia una pensiรณn con olor a pan reciรฉn horneado, hacia una risa que se mezclaba con el murmullo del agua, hacia una mujer que nunca tuvo que pedir que la desearan.
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IV.
Una tarde nuestras manos se encontraron y no recuerdo โ€”no quiero recordar, porque hay verdades que se pierden si se les exige demasiada precisiรณnโ€” quiรฉn dio el primer paso. Creo que fueron las manos mismas las que decidieron, con esa sabidurรญa que el cuerpo posee y la razรณn siempre llega tarde a comprender.
La suya se posรณ dentro de la mรญa con la naturalidad de algo que regresa a su sitio.
No hicieron falta palabras.
Hay pactos que sรณlo se firman con la piel.
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V.
El primer beso llegรณ cuando el sol se hundรญa detrรกs de las montaรฑas de Leรณn, tiรฑendo el cielo de esos rojos y dorados que sรณlo existen en los atardeceres que uno recuerda toda la vida. El rรญo se habรญa convertido en un espejo lรญquido. El aire olรญa a hierba tibia y a algo mรกs antiguo, algo que no tenรญa nombre todavรญa.
Cuando nuestros labios se encontraron, lo primero que sentรญ no fue deseo.
Fue una paz absoluta.
La certeza fรญsica, indiscutible, de haber llegado โ€”despuรฉs de dos mil kilรณmetros, despuรฉs de veinte aรฑosโ€” exactamente al lugar donde debรญa estar.
Ese lugar no tenรญa coordenadas geogrรกficas.
Tenรญa el nombre de una mujer.
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VI.
Lo que siguiรณ no fue prisa. Fue la lenta, deliberada floraciรณn de todo lo que hasta entonces habรญamos contenido.
Aprendรญ de Rosa que el deseo, cuando es verdadero, nunca necesita apresurarse: se permite el lujo de la lentitud, porque sabe que no estรก huyendo de nada ni corriendo hacia una fecha lรญmite. Cada abrazo nos acercaba un poco mรกs al centro exacto del otro. Cada caricia โ€”tรญmida al principio, despuรฉs cada vez mรกs segura de sรญ mismaโ€” iba descubriendo, estrato por estrato, todo lo que un cuerpo joven guarda sin saberlo.
Su piel tenรญa la temperatura exacta de las tardes de julio en Castilla.
Su respiraciรณn, cuando se acercaba, cambiaba el ritmo del mรญo sin pedirme permiso.
Descubrรญ que la ternura y la pasiรณn no son opuestos, como me habรญan hecho creer: son la misma corriente vista en dos momentos distintos de su cauce, como el mismo rรญo Esla que en un tramo es manso y en otro, mรกs adelante, se vuelve urgente contra las piedras.
Nos amรกbamos con la seriedad absoluta con que sรณlo aman los que todavรญa no saben que el tiempo tiene lรญmites.
Creรญamos โ€”porque los veinte aรฑos siempre lo creenโ€” que aquel verano se negarรญa a terminar simplemente porque nosotros se lo pedรญamos.
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VII.
Han pasado mรกs de cincuenta aรฑos.
He vivido en Venezuela, en Surinam, en Holanda. He firmado contratos petroleros, he descubierto cuencas sedimentarias en medio mundo, he construido una vida entera hecha de logros que se pueden enumerar en un currรญculum.
Pero cuando alguien me pregunta dรณnde empezรณ realmente mi vida โ€”no mi carrera, mi vidaโ€”, mi memoria nunca comienza en un despacho ni en una plataforma marina.
Comienza junto al rรญo Esla.
Comienza con el peso tibio de una mano dentro de la mรญa.
Comienza con una mujer de cabello negro que nunca tuvo que esforzarse por ser hermosa, porque la belleza, cuando es verdadera, no pide permiso.
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VIII.
Hay amores que terminan.
Hay otros que simplemente dejan de caminar a nuestro lado, sin que eso signifique que se hayan ido del todo.
Y hay unos pocos โ€”rarรญsimos, geolรณgicamente improbablesโ€” que se quedan a vivir dentro de nosotros, disolviendo con paciencia de agua subterrรกnea todo lo que despuรฉs construimos encima.
Rosa es ese rรญo que sigue corriendo, invisible, bajo cada decisiรณn que he tomado desde entonces.
Y por eso, cada vez que el sol se oculta lentamente sobre un agua tranquila, en cualquier paรญs, en cualquier orilla, algo en mรญ regresa sin permiso a Crรฉmenes.
Vuelvo a tener veinte aรฑos.
Vuelvo a no saber nada de estratos.
Vuelvo a saberlo todo, en cambio, sobre la รบnica geologรญa que de verdad importa: la de dos cuerpos que se reconocen, se entregan, y deciden โ€”aunque sea por un solo veranoโ€” que el tiempo puede esperar.
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Marcel P.T. Chin-A-Lien
Geรณlogo, estratega y escritor
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Rosa, orilla del Esla
Poema companion
Yo llevaba un martillo geolรณgico
y la certeza tonta de los veinte aรฑos:
que el mundo se explica
golpeando la piedra
hasta que confiesa su edad.
No sabรญa todavรญa
que hay confesiones
que la piedra nunca harรญa,
y que sรณlo una mujer
moviรฉndose sin prisa
entre una cocina y un comedor
puede arrancarte.
โ€ข
Tu cabello caรญa
como cae la noche sobre un valle:
despacio,
sin permiso,
cubriรฉndolo todo
de una oscuridad tibia
donde daban ganas de quedarse
a vivir.
No pedรญas que te miraran.
Por eso
era imposible
mirar otra cosa.
โ€ข
El Esla bajaba entre piedras
que llevaban siglos
aprendiendo a no tener prisa.
Nosotros aprendimos rรกpido:
una tarde junto al agua
bastรณ para desaprender
todo lo que creรญamos saber
sobre el tiempo.
Hablรกbamos.
Luego callรกbamos.
El silencio no era vacรญo,
era la forma mรกs honesta
que el deseo tiene
de decir la verdad
sin arriesgarse a las palabras.
โ€ข
Nuestras manos se encontraron
sin preguntarnos primero.
La tuya llegรณ a la mรญa
como llega el agua
al punto mรกs bajo del valle:
no por elecciรณn,
por naturaleza.
Hay pactos
que sรณlo se firman con la piel.
Ese fue el primero
que yo firmรฉ de verdad.
โ€ข
El beso llegรณ con el sol
hundiรฉndose detrรกs de las montaรฑas,
el rรญo convertido
en un espejo que no querรญa
dejar de mirarnos.
No fue el deseo
lo primero que sentรญ.
Fue la paz
de haber llegado, por fin,
a un lugar
que no tenรญa coordenadas,
sรณlo tu nombre.
โ€ข
Despuรฉs vino lo lento:
la floraciรณn deliberada
de todo lo contenido,
cada abrazo un poco mรกs cerca
del centro exacto del otro,
cada caricia leyendo,
estrato por estrato,
lo que un cuerpo joven guarda
sin saberlo todavรญa.
Aprendรญ de ti
que la ternura y la pasiรณn
no son enemigas:
son el mismo rรญo
visto en dos tramos
de su mismo cauce.
โ€ข
Han pasado cincuenta aรฑos
de contratos, de plataformas,
de cuencas descubiertas
en medio mundo.
Pero si alguien pregunta
dรณnde empezรณ de verdad mi vida,
mi memoria no elige
un despacho ni un yacimiento.
Elige el Esla.
Elige tu mano,
tibia,
dentro de la mรญa,
antes de que ninguno de los dos
supiera
que aquello tenรญa nombre.
โ€ข
Hay amores que terminan.
El tuyo no terminรณ:
simplemente
se quedรณ a vivir
bajo todo lo que construรญ despuรฉs,
como el agua subterrรกnea
que nadie ve
pero que disuelve, paciente,
cada piedra que le ponen encima.
Por eso, Rosa,
cada vez que un rรญo cualquiera
guarda el รบltimo oro de la tarde,
algo en mรญ
regresa sin permiso
a Crรฉmenes,
y vuelvo a tener veinte aรฑos,
y vuelvo a no saber nada
de estratos,
y lo sรฉ todo, en cambio,
sobre la รบnica geologรญa
que de verdad importaba:
la de dos cuerpos
que se reconocieron
un verano,
y decidieron
โ€”aunque fuera sรณlo por un veranoโ€”
que el tiempo
podรญa esperar.
โธป
Marcel P.T. Chin-A-Lien


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