2 Cuentos Peregrinos que se cruzan - Bujaraloz - España

Cuentos Peregrinos: La Conexión entre Geología y Relatos

Cuando dos cuentos peregrinos se cruzaron en el camino

O cómo comprendí que la geología y la literatura obedecen a las mismas leyes del tiempo

Por Marcel P. T. Chin-A-Lien – Petroleum & Energy Advisor – Principal Founding Partner & Chief Architect – GLIAG N.V. – Golden Lane Investments Advisory Group

Hay acontecimientos cuya verdadera importancia sólo se revela muchos años después.

Como geólogo, aprendí muy temprano que la Tierra nunca cuenta su historia en el momento en que la escribe. Una capa de arenisca puede permanecer sepultada durante cien millones de años antes de que la erosión la saque a la luz.

Sólo entonces comprendemos lo que realmente ocurrió.

La vida humana, sospecho, funciona exactamente igual.

Durante mucho tiempo pensé que el verano de 1971 había terminado en un pequeño taller mecánico de Bujaraloz.

Me equivocaba.

Aquella historia no había terminado.

Apenas acababa de comenzar.

Después del accidente en la antigua carretera N-II, el pequeño Citroën 2CV quedó demasiado averiado para continuar el viaje. Los mecánicos calcularon que necesitarían aproximadamente una semana para devolverle la vida.

Tomamos una decisión sencilla.

Como el automóvil era mío, yo permanecería en Bujaraloz.

Jan Willem, Ray y Herman continuarían hasta Blanes en el Volkswagen Escarabajo.

Nos despedimos convencidos de que una semana era apenas un paréntesis.

No sabíamos que los paréntesis suelen contener las frases más importantes de un libro.

Mientras mis amigos caminaban por las playas del Mediterráneo, yo despertaba cada mañana en una modesta pensión de un pueblo aragonés que, para un estudiante de veinte años, parecía perdido en el borde del mundo.

Al principio creí que no había absolutamente nada que hacer.

Qué equivocado estaba.

Decidí caminar.

Sin mapas.

Sin rumbo.

Como hacen los geólogos cuando la curiosidad pesa más que el destino.

Descubrí Los Monegros.

Aquel paisaje no era un desierto.

Era un océano antiguo al que la Tierra había retirado el agua millones de años antes.

Las colinas parecían olas petrificadas.

El yeso brillaba bajo el sol como si la luz brotara desde el interior de la propia tierra.

El silencio era tan profundo que uno terminaba escuchando sus propios pensamientos con una claridad incómoda.

Visité antiguos monasterios.

Entré en iglesias donde el tiempo parecía haberse detenido varios siglos atrás.

Las piedras conservaban una serenidad imposible de describir.

Como geólogo sabía que las rocas poseen memoria.

Como ser humano comencé a sospechar que también los caminos la poseen.

Porque algunos caminos no conducen a un lugar.

Conducen a una versión distinta de uno mismo.

Regresé a Holanda.

Terminé mis estudios.

Viví en varios países.

Trabajé durante décadas en la industria petrolera.

Descubrí cuencas sedimentarias.

Firmé contratos.

Negocié licencias.

Observé el subsuelo de medio mundo.

Y, como suele ocurrir con los acontecimientos verdaderamente importantes, Bujaraloz fue alejándose lentamente de mi memoria consciente.

No desapareció.

Simplemente quedó enterrado.

Exactamente igual que un estrato geológico.

Veintiséis años después.

Caracas.

1 de agosto de 1997.

Entré en una pequeña librería de la estación del Metro de Altamira.

Compré un libro.

Nada extraordinario.

O eso pensé.

Era Doce cuentos peregrinos, de Gabriel García Márquez.

Lo llevé conmigo a Holanda sin ninguna expectativa especial.

Sólo quería disfrutar de su lectura.

Al llegar al quinto relato, “Solo vine a hablar por teléfono”, ocurrió algo que todavía hoy me resulta difícil explicar.

No fue una sorpresa.

Fue un reconocimiento.

Sentí esa extraña sensación que todos hemos experimentado alguna vez: la impresión de regresar a un lugar donde nunca habíamos estado y que, sin embargo, conocíamos perfectamente.

Seguía leyendo.

Cada página estrechaba el círculo.

No eran los personajes.

No era la historia.

Ni siquiera los acontecimientos.

Era otra cosa.

Mucho más profunda.

Era la atmósfera.

La carretera española.

El viaje interrumpido.

La sensación de quedar suspendido fuera del tiempo.

El aislamiento.

La incertidumbre.

La silenciosa transformación interior provocada por un hecho aparentemente insignificante.

Entonces cerré el libro.

Y permanecí largo rato sin moverme.

No porque Gabriel García Márquez hubiera escrito mi historia.

Eso sería imposible.

Sino porque había logrado escribir una emoción que yo llevaba veintiséis años sin saber nombrar.

Fue entonces cuando comprendí algo que nunca me enseñaron en la universidad.

Los geólogos leemos estratos.

Los escritores leen almas.

Y, de vez en cuando, ambas lecturas llegan exactamente a la misma conclusión.

La geología nos enseña que dos capas depositadas en épocas completamente distintas pueden terminar aflorando juntas por efecto de un antiguo movimiento tectónico.

La literatura hace exactamente lo mismo.

Superpone tiempos.

Acerca vidas.

Hace conversar a personas que jamás llegaron a conocerse.

Mi semana en Bujaraloz pertenecía a 1971.

Aquel cuento había sido publicado en 1992.

Yo lo estaba leyendo en 1997.

Tres tiempos distintos.

Tres historias independientes.

Sin embargo, al abrir aquellas páginas, las tres quedaron súbitamente alineadas, como estratos que la erosión hubiera dejado al descubierto en un mismo afloramiento.

En ese instante comprendí que el tiempo no siempre transcurre en línea recta.

A veces se pliega sobre sí mismo.

Y cuando eso ocurre, dos historias que nunca debieron encontrarse terminan mirándose a los ojos.

Desde aquel día dejé de creer que sólo las personas peregrinan.

También lo hacen las historias.

Caminan durante años.

Cruzan fronteras.

Esperan pacientemente en librerías olvidadas.

Atravesan océanos.

Cambian de idioma.

Sobreviven a generaciones enteras.

Hasta encontrar al único lector capaz de reconocerlas.

Quizá todos tengamos un libro que lleva décadas buscándonos.

No para contarnos una historia nueva.

Sino para devolvernos una antigua que creíamos perdida.

Hoy, más de medio siglo después de aquel verano español, ya no recuerdo el accidente como una desgracia.

Lo recuerdo como una invitación.

Si aquel Fiat no hubiera invadido nuestro carril aquella madrugada.

Si el Citroën no hubiera permanecido una semana en el taller.

Si yo no hubiera recorrido Los Monegros.

Si no hubiera entrado, veintiséis años más tarde, en aquella pequeña librería del Metro de Altamira…

Este ensayo jamás habría sido escrito.

Ni yo habría descubierto que la geología y la literatura comparten el mismo misterio.

Ambas estudian huellas.

Ambas reconstruyen historias invisibles.

Ambas saben que el tiempo nunca destruye lo verdaderamente importante.

Simplemente lo entierra.

Hasta que, algún día, alguien lo descubre.

Y comprende que, en realidad, nunca había estado perdido.

Marcel P.T. Chin-A-Lien
Geólogo, estratega y escritor

“La geología me enseñó a leer las capas de la Tierra. La vida me enseñó a leer las capas del tiempo.”

Epílogo: la invitación


Hoy, más de medio siglo después de aquel verano español, ya no recuerdo el accidente de la N-II como una desgracia.
Lo recuerdo como una invitación que llegó disfrazada de contratiempo, según la costumbre que tienen las invitaciones verdaderamente importantes.
Si aquel Fiat no hubiera invadido nuestro carril en la madrugada equivocada.
Si el Citroën no hubiera exigido una semana entera de reposo.
Si yo no hubiera caminado, sin mapa ni rumbo, por Los Monegros.
Si mi mano no se hubiera cerrado, veintiséis años más tarde y a miles de kilómetros de distancia, sobre un libro cualquiera en una librería cualquiera del Metro de Altamira…
Este relato jamás habría existido.
Y yo jamás habría descubierto que la geología y la literatura comparten el mismo secreto inconfesable.
Ambas estudian huellas.
Ambas reconstruyen historias invisibles a partir de lo poco que el tiempo, avaro, decide dejar a la vista.
Ambas saben —lo saben desde siempre, aunque tarden eones o décadas en decirlo— que el tiempo nunca destruye lo verdaderamente importante.
Simplemente lo entierra.
Hasta que, un día cualquiera, en una carretera de Aragón o en una librería de Caracas, alguien lo descubre.
Y comprende, con el asombro exacto de quien encuentra algo que nunca perdió del todo, que en realidad nunca había estado perdido.

Marcel P.T. Chin-A-Lien
Geólogo, estratega y escritor
“La geología me enseñó a leer las capas de la Tierra. La vida me enseñó a leer las capas del tiempo.”


Afloramiento
Poema companion
Hay un Citroën varado para siempre
en una calle de Bujaraloz que ya no existe
salvo en el estrato exacto de mi memoria
donde todavía es 1971
y el yeso de Los Monegros
sigue ardiendo con la misma luz antigua,
la luz que no calienta, revela.
Yo tenía veinte años
y la paciencia equivocada de creer
que una semana es apenas una semana,
que un paréntesis se cierra donde se abre,
que el tiempo camina en una sola dirección
como un río que nunca ha oído hablar
de las fallas, de los pliegues,
de las cosas que la Tierra dobla
cuando nadie la mira.
Caminé sin mapa por un océano seco.
Las colinas eran olas que el mar
olvidó llevarse consigo.
El silencio tenía la densidad
de una piedra sedimentaria:
capa sobre capa sobre capa
de todo lo que no dije,
de todo lo que aún no sabía
que estaba diciendo.

Veintiséis años.
Ese es el tiempo, dicen los que saben,
que tarda cierta agua en atravesar la roca
y volver a nacer manantial.
Yo no sabía nada de acuíferos aquel día
en la librería del Metro de Altamira,
sólo que mi mano —no yo, mi mano—
se cerró sobre un libro
como se cierra una falla
que ha esperado demasiado.
Doce cuentos.
Un hombre solo.
Un teléfono que no comunica
con el mundo que él cree suyo.
Y de pronto Aragón estaba ahí,
adentro de una página escrita
antes de que yo supiera
que necesitaría esa página
para nombrar lo que llevaba
veintiséis años sin nombre.

Los geólogos leemos estratos.
Los poetas leen la misma piedra
pero le preguntan otra cosa.
Y a veces —pocas veces,
con la rareza de un eclipse
que sólo su generación recuerda—
la piedra responde lo mismo
a las dos preguntas.

No busques el libro que te falta.
Espera.
Los libros que de verdad importan
no se encuentran:
regresan.
Caminan solos durante décadas,
cruzan fronteras sin visado,
cambian de idioma sin perder el acento
con que fueron escritos para ti,
y aguardan, pacientes como un estrato,
en el anaquel exacto
de la librería exacta
del día en que por fin
estarás listo para reconocerlos.

Hoy ya no digo: hubo un accidente.
Digo: hubo una invitación
disfrazada de contratiempo,
como se disfrazan siempre
las invitaciones verdaderamente importantes.
El Fiat que cruzó el carril,
el Citroën que exigió reposo,
Los Monegros ardiendo sin prisa,
la mano que eligió un libro
sin saber que elegía una fecha
para volver a mí mismo —
todo eso no fue azar.
Fue tiempo, plegándose,
hasta que dos estratos
que nunca debieron tocarse
afloraron juntos,
bajo la misma luz,
ante los mismos ojos atónitos
que ahora, por fin,
saben leer lo que la Tierra
—y el libro, y el camino—
llevaban todo este tiempo
queriendo decir.

Marcel P.T. Chin-A-Lien


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